– En Ollantaytambo…

– ¿Has oído hablar de este lugar?

– Es uno de los lugares de mi lista para visitar -su entusiasmo afloró al recordar las lecturas que había hecho sobre el pueblo, en el cual aún había muchos habitantes y cuyas casas y calles estaban preservadas e idénticas a como los incas las abandonaron cuando huyeron de los españoles.

– Me temo que ahora no hay tiempo -advirtió Quin como si ya reconociera el ansia que iluminó de pronto los ojos de la chica-. Dentro de poco tomaremos el tren a Machu Picchu.

– Entonces vendré mañana -sonrió Bliss, animada Se prometió que al día siguiente iría a Ollantaytambo, vería la ciudad, las espectaculares terrazas agrícolas sobre las que tanto leyó y el puesto de observación que parecía haber sido construido en medio de una montaña En un gesto impulsivo, le compró a una mujer un adorno para colgar en la pared.

– ¿Qué harás con eso? -bromeó Quin cuando se dirigieron a la estación de tren.

Bliss no estaba muy segura. Su cuarto en Inglaterra estaba decorado en tonos pastel, y el rojo, el amarillo y el morado del adorno desentonarían de inmediato.

– Ya se me ocurrirá algo -rió y lo dobló con mucho cuidado para meterlo en su enorme bolsa de lona.

– Es una bolsa demasiado grande para una mujer tan pequeña como tú -observó Quin.

¿Pequeña? Bliss medía uno setenta sin tacones.

– Dentro tengo mi comida -explicó, a la defensiva.

– ¡Ah! -exclamó él y Bliss tuvo que volver a reír. Fue obvio, por la expresión de Quin, que él no pensó en llevar comida.

El tren, con sus vagones pintados de naranja y amarillo, llegó a la estación y ambos entraron en uno de los compartimentos. Los asientos sólo estaban colocados en una dirección, como si fuera un autobús. Y Bliss no objetó cuando Quin se sentó a su lado.

Charlaron de manera amena mientras esperaban que el tren iniciara el viaje. Al mediodía, el tren se puso en marcha y Quin guardó silencio adivinando que Bliss no quería perderse de ningún detalle.



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