Era la primera vez que comía en un tren y lo disfrutó mucho.

– Iré al tocador -le anunció a Quin. Este se puso de pie para dejarla pasar, y cuando Bliss le rozó el pecho con el hombro, se percató de que sí debía parecerle pequeña a un hombre tan alto como él.

Se alegró de poder estirar las piernas. Al volver a su asiento descubrió que ya faltaba poco para llegar. El tren pasó por dos túneles y justo a las dos y diez llegó a la estación de Machu Picchu.

Bliss empezó a emocionarse mucho. Allí estaba, en Machu Picchu, la ciudad que el mundo desconoció hasta 1911, a pesar de que los indígenas de la zona sabían de su existencia.

Supuso que habría podido arreglárselas muy bien sola. Pero era mucho más agradable estar con alguien que ya había visitado las ruinas antes. Como Machu Picchu estaba en lo alto de la montaña, sólo había una manera de subir.

Fue asediada por un nuevo grupo de vendedores y Quin la tomó del brazo.

– Por aquí -señaló él. Pronto se unieron a otros viajeros que hacían fila para subirse a unos minibuses de veinticuatro asientos, que los llevarían por la peligrosa y zigzagueante ruta a la ciudad.

Bliss se aferró a su asiento mientras el minibús subía por la tortuosa vía. Al llegar a su destino, Quin bajó primero y ayudó a Bliss a hacerlo.

– ¿Está bien? -inquirió al tomarla con firmeza de la mano y mirar la con detenimiento a los ojos.

Bliss sabía que estaba muy emocionada por todo lo que estaba presenciando, y no deseaba que ahora Quin le recordara lo enferma que estuvo. Había mucho que ver y no quería perderse de nada antes que tuvieran que bajar para tomar de nuevo el tren.

– Nunca estuve mejor -declaró.

Quin la estudió unos momentos más y Bliss decidió que sería magnánima y que le permitirla que llevara su bolsa.

– ¿Qué te gustaría ver primero?



41 из 126