
Poco a poco dejó de toser, aunque pasaron varios minutos para que así fuera.
– Lo… siento -expresó; sin embargo, cuando quiso apartarse, descubrió que él la tenía rodeada con los brazos.
– Descansa unos minutos -sugirió Quin con calma.
De pronto, al apoyar su peso en él, la invadió una inmensa paz… Bliss no se había dado cuenta de que en realidad estaba muy cansada.
Claro que, a pesar de recibir cierto placer por estar en sus brazos, Bliss recobraba cada vez más la sensatez.
Ahora recordó que Erith le advirtió que la gran altitud no respetaba a nadie.
– Debe ser la altitud -Bliss usó ese pretexto para disculpar su tos al apartarse y mirarlo a los ojos. Cuando lo hizo, olvidó lo que le iba a decir después. Al encontrarse con la mirada de Quin se dio cuenta de que él estaba bastante conmovido y que la abrazaba con fuerza… como si no se diera cuenta. Bliss bajó la mirada y la fijó en uno de los botones de la camisa de él, tratando de recobrar la sangre fría. Entonces, Quin dejó de apretarla y la tomó de los brazos para separarla de él con firme lentitud. Sin embargo, no la soltó al señalar:
– Bliss, entonces te sugiero que vayamos a tomar nuestro tren -su tono de voz le hizo creer a la chica que no estaba conmovido y que el aire escaso de la montaña estaba haciéndola imaginar cosas.
Como había muchos lugares donde era imposible que dos personas caminaran codo a codo, fue Quin quien condujo a Bliss de regreso a la terminal del autobús: Como caminó con lentitud, evitó que la chica volviera a perder el aliento.
Estaba bastante pensativo y silencioso cuando abordaron el autobús y éste se puso en marcha. Bliss se preguntó si ya estaba harto de estar en su compañía.
Eso pensó durante la cuarta parte, del trayecto cuando, junto con Quin y los demás pasajeros, se dio cuenta de que un chico peruano vestido con un traje de correr se apareció de la nada y atrajo su atención al lanzar un fuerte grito. Al principio, Bliss no entendía nada de lo que pasaba, pero cuando el autobús disminuyó la velocidad para lidiar con todas las pronunciadas curvas del camión, el chico de diez o doce años gritó con todas sus fuerzas mientras corría para atraer la atención de los pasajeros.
