– ¡Está jugando carreras con nosotros! -exclamó Bliss al volverse para mirar a Quin, olvidando que tal vez éste ya estaba muy aburrido de estar en su compañía.

– Puede que tengas razón -asintió él con tanta amabilidad que Bliss se percató, con un vuelco de su corazón, de que si Quin estaba silencioso no era por estar harto de ella, después de todo.

Bliss pensó que Quin era un hombre encantador cuando, después de bajar del vehículo y ser recibidos por el chiquillo bañado en sudor después de haber corrido cuesta abajo, le dio un billete de importante denominación.

La estación de tren de Machu Picchu estaba llena de turistas, de un ejército de comerciantes, de ruido y actividad. Toda la zona estaba invadida por niños y perros callejeros. Había sonidos y visiones que a Bliss le encantaron. Quin la tomó del codo y la llevó a la sala de espera de la estación, donde al parecer los vendedores no podían entrar. Allí había una cafetería y Bliss le dio las gracias a Quin cuando éste le ofreció un poco de jugo dé naranja y un pan dulce.

– Gracias -con gusto bebió y comió, pues hacía horas que no ingería nada, y aún faltaban muchas horas de viaje.

Después de las cinco y media, el tren llegó a la estación. Bliss se acomodó en su asiento y se percató de que estaba rendida. Sabía, por experiencia propia, que el toser de esa manera la agotaba… pero eso fue cuanto estuvo enferma y ahora ya no lo estaba.

“Estoy bien”, se irritó consigo misma y decidió que toser durante mucho tiempo, combinado con una gran altitud, cansaría hasta a un atleta.

Se percató de que de nuevo Quin estaba muy silencioso, volvió a tener la incómoda sensación de que estaba harto de ella. Sin embargo, él se mostraba muy amable. Bliss trató de mantener los ojos abiertos, mas era necesario un esfuerzo muy grande. Tal vez Quin sólo estaba harto de la vida en general y seguramente seguía muy herido por el rechazo de Paloma Oreja.



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