– Lo estamos -sonrió la señora-. Manco saldrá del hospital mañana y entonces podremos volver a casa.

– ¡Qué espléndida noticia! -comentó Bliss y charló con ellos durante unos minutos antes de despedirse.

Mientras la señora Videla se dirigía a las tiendas del hotel para buscar un regalo para su hijo, Bliss se acercó a los ascensores. En ese momento, supo que el hombre de la helada mirada continuaba hospedado en el hotel, y en ese momento también, el señor Videla se acercó de nuevo para preguntarle:

– ¿Disfrutó de las ruinas de Sipán hoy?

– ¡Oh, sí! -exclamó Bliss con entusiasmo y sus ojos brillaron de inmediato… hasta que notó la gélida mirada del hombre que escogió ese preciso instante para pasar a su lado y escucharlos. Sus miradas se encontraron y Bliss lo miró con desdén a su vez-. Pero no me deje comentarle nada al respecto, porque de lo contrario las tiendas cerrarán antes deque yo haya terminado de relatarle mis impresiones.

Al día siguiente, Bliss fue a visitar más ruinas. Esta vez no tuvo que viajar tan lejos, porque el trayecto era sólo de quince kilómetros y pudo hacerlo en taxi. Fue a otro sitio recientemente descubierto también, el sitio arqueológico de El Paraíso, que databa de dos mil años antes de Cristo. Los expertos aún no sabían si considerarlo como arquitectura sagrada o doméstica.

Bliss volvió al hotel pensando que si los expertos aún no lo sabían a ciencia cierta, entonces ella tampoco podía dar su opinión.

Fue a cenar y supo que ya no vería a los Videla. Sería agradable si tampoco lo viera a él. Y no tenía idea de por qué el hombre de la mirada de hielo había sido clasificado por su mente como él, pero lo olvidó al pedir su comida, pues tenía mucha hambre.

Al salir del comedor, de nuevo se resistió a la tentación de llamar a su hermana y fue a una tienda donde vendían tarjetas postales. Escogió algunas para mandarlas a Inglaterra.



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