– Si no estás fingiendo, estás enfermo. Creo que estás enfermo.

– Si crees eso, entonces pregúntame, qué día es hoy, y en qué año estamos, etc., etc.

– Aún no sé qué hay que preguntar.

– Bueno, ¡diagnostica! -le dije desafiante-. ¡Me enloquecí! ¡Y basta!

– Ese no es un término médico. Existen varias clases de anomalías psíquicas… ¿De qué querías hablarme?

Ya no tenía deseos de abrir la boca. Si yo le decía la verdad, me mandaría al hospital psiquiátrico. Tenía que salir del apuro.

– Sabes, sucede que… -empecé diciendo, tratando de improvisar-…ha ocurrido un hecho muy doloroso…

– Ya me lo dijiste. ¿Cuál?

– Me he ido de casa, abandonando a mi esposa. No te aclararé las causas que me impulsaron a realizar este acto. Teniendo en cuenta este hecho, te pido asilo; aunque sea por un día. "Albergus nocturnus."

Callé; también ella, mirándose las puntas de los dedos.

– ¿Es que no tienes amigos?

– Sí, pero es imposible ir adonde unos e incómodo donde otros. Tú sabes bien lo que ocurre a veces… -al hablar trataba de no mirarle el rostro.

– ¿Y si no me hubieses visto?

– Pero te vi.

Ella todavía vacilaba.

– No es cómodo, Seriozha.

– ¿Por qué no?

– Pero, ¿será posible que no comprendas?

– Bueno -propuse conaspereza-, llama al psiquiatra. Por lo menos tendré albergue seguro por una noche.

La miré a los ojos: el médico profesional había desaparecido, sólo quedaba una mujer asustada. Lo incomprensible es siempre horroroso.

– La habitación no es mía -empezó diciendo en voz baja-. Esperemos a Galia.

– ¿Y si de nuevo pasa la noche en el instituto?

– Espera, la llamaré. El teléfono está en la antesala. Siéntate, vuelvo enseguida.

Salió, dejándome solo en la habitación donde todo me era conocido. De esta habitación salí hacia el registro civil. ¿De ésta o de otra? No, no de ésta. En algunas cosas coincidían, en otras no.



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