– ¿Por qué no? -respondí con vaguedad-. Continuamos viéndonos.

– ¿Cuándo la viste por última vez?

Me reí y le respondí sin saber:

– Hoy por la mañana. En el desayuno.

Y lamenté lo dicho.

– No mientas. Si ella desde ayer no ha regresado del instituto.

– ¡Caramba! ¡Ya uno no puede ni bromear! -exclamé estúpidamente, comprendiendo que la tierra cedía cada vez más bajo mis pies.

– ¡Qué bromas más raras haces!

– ¿No crees que estemos hablando de diferentes personas? -le pregunté, tratando de remediar la situación.

Sin enfadarse, frunció el entrecejo como el médico que mira al enfermo sin comprender aún los síntomas de la enfermedad.

– Estoy hablando de Galina Novóseltseva.

– ¿Por qué Novóseltseva? -pregunté sorprendido.

Unos ojos fríos, los ojos expertos del médico, me miraban con atención.

– Seriozha, has perdido la memoria. Te has sorprendido por el apellido que lleva. Ellos se casaron al principio de la guerra. ¿Qué te pasa?

– No, nada -farfullé, limpiándome el sudor de la frente-. Estaba pensando que…

– ¿…Que por qué yo estoy aquí, donde la que nos separó? ¿eh? -dijo, perdiendo por un instante la expresiva curiosidad del médico-. Ni en aquel entonces me enfadé, Seriozha. ¡Qué importa que me hayan quitado el novio! Ahora hasta resulta cómico, después de tanto tiempo. Yo tuve otro después de él. Tú lo sabes bien… -suspiró profundamente y continuó-: No tengo suerte en el amor.

Es muy difícil presagiar cada paso en lo desconocido. Yo, sin pensar nada y olvidando dónde estaba y quién era, inquirí.

– ¿Y quién te impide ahora ver a Oleg?

– ¡Seriozha!

Era tanto el espanto que había en esta exclamación, que involuntariamente cerré los ojos.

– A ti te pasa algo con la memoria, Seriozha. Esas cosas no se olvidan. De su muerte se enteró Galia en el año 1944. No podías ignorarlo.

Pero, ¿qué era lo que sabía y lo que no sabía? ¿Acaso le podía relatar lo que me sucedió?



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