
Tomé de la mesa un lápiz y escribí en la libreta de apuntes:
"Si me sucede algo, por favor, informe a mi esposa Galina Grómova. Calle Griboédov Nº 43. Informe, además, a los profesores Zargarián y Nikodímov en el Instituto del Cerebro. Muy importante."
Las palabras "muy importante" las subrayé tres veces y tan fuerte, que el lápiz se rompió, imposibilitándome continuar la nota.
Metiendo la libreta de apuntes en el bolsillo, comprendí que había cometido un gran disparate, mis Zargarián y Nikodímov no recibirían jamás esta nota; así como mi esposa Calina Grómova, pues ella tenía aquí otro apellido.
En la antesala sonó el timbre de la puerta y, a través de la puerta semiabierta de la habitación, escuché el chasquido de la cerradura al abrirse y a Lena decir:
– ¡Al fin! Acabo de llamarte por teléfono.
– ¿Qué ha sucedido? -preguntó una voz sumamente conocida.
– Aquí está Serguéi Grómov.
– Bien, bien. Beberemos té.
– Sabes, Galia… él está un poco raro… -musitó Lena, transformando su voz en un murmullo ininteligible.
– ¿Qué le pasa? ¿Se enloqueció?
– No sé. Dice que abandonó a su esposa.
– ¡Dios mío, qué absurdo! Te está tomando el pelo, Lena. Y tú eres todo oídos. Acabo de verla hace media hora.
La puerta se abrió ante mí de par en par. Brinqué de mi asiento y quedé helado: en la puerta estaba mi mujer; el mismo rostro, la misma edad y hasta el mismo peinado. Sólo me eran desconocidos sus pendientes y su vestido, no el que había visto puesto antes. Permanecí parado en silencio frente a ella, esforzándome en contener la emoción.
– ¿Para qué has inventado toda esta historia? -inquirió. Yo seguía encerrado en mi silencio.
– Acabo de ver a Olga. Se fue a su casa. Me dijo que te esperaría hacia la hora de cenar. Según ella, piensan ir a ver el ballet leningradense.
