Yo seguía en silencio.

– ¿Qué pasa? Sé que estás bromeando con Lena, ¿pero para qué?

No podía encontrar las palabras adecuadas para responderle. Todas mis esperanzas se habían derrumbado. ¿Qué explicación hubiera podido satisfacerla? ¿La verdad? Pero, ¿quién en mi lugar hubiese osado contarle la verdad?

– Lena dice que estás enfermo -continuó ella, mirándome con ojos escrutadores-. ¿Acaso es verdad?

– Acaso es verdad -repetí.

Yo no conocía mi voz, parecía ajena y venida desde lejos.

– Bueno -agregué-, perdónenme. Quizás me marche ahora.

– ¿Adonde? -quiso saber Galia, abandonando su calma.

– No permitiremos que te vayas solo. Te llevaré a tu casa.

– Allí está todavía mi taxi. Lena, corre, quizás tienes tiempo de retenerlo.

Lena salió, y quedamos a solas.

– ¿Qué significa todo esto, Seriozha? No comprendo nada.

– Yo tampoco -afirmé.

– No obstante, ¿qué sucede?

– Si no me equivoco, eres física, Galia -declaré al azar.

Ella se puso en guardia.

– Bueno, ¿y qué?

– ¿No tienes ideas sobre la multiplicidad de los mundos? ¿De mundos que coexisten? ¿Misteriosamente lejanos y al mismo tiempo asombrosamente cercanos?

– Admitámoslo. Existen tales hipótesis. ¿Y qué?

– Entonces, supongamos que uno de esos mundos contiguos es semejante al nuestro. Que en él existe también Moscú, sólo que un poquito diferente; estas mismas calles, aunque con otras ornamentaciones; estas mismas casas, con otros números indicadores. Que en él existimos tú, yo y Lena, pero en otras relaciones…

Ella aún no comprendía nada. Pero, ¿de qué otra forma podía hablar? Yo ya estaba harto de seguir manteniendo esta máscara mental, por lo que decidí hablar claro.

– Supongamos que en el otro Moscú a ti te llaman Galia Grómova y no Galia Novoséltseva; que desde esta misma habitación salimos hacía el registro civil hace seis años. Y que ahora sucedió un milagro: me cambié la camisa… eché una mirada a vuestro mundo. He aquí un buen enredo para nuestra limitada inteligencia.



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