Ella me miraba aterrorizada, pensando, quizás, como Lena: "está loco, tiene delirios".

– Bueno, terminemos este espectáculo -farfullé torciendo la boca-. ¡Llévame adonde quieras! Me da igual. Y no te asustes, que no te voy a besar ni ahorcar. ¡Vamos! Allí está Lena llamándonos con la mano.


¿QUIÉN ES JEKILL Y QUIÉN HIDE?


También en este mundo, tenía Galia un carácter firme. Tras unos minutos, se tranquilizó.

– Espero que no nos dediquemos a hablar de ciencia ficción en presencia del chofer, -musitó a mi oído, cuando nos acercábamos al taxi.

– ¿Crees que es una ciencia? -inquirí sin poder contenerme.

– ¡Quién sabe!

En su rostro no había nada que pudiese inquietarme. Se conducía como cualquier mujer inteligente: ojos atentos, interés respetuoso hacia el interlocutor -cuando no aburría-, coquetería inconsciente y jocosidad.

– ¿Por qué tienen ustedes la estatua de Pushkin en el centro de la plaza? -le pregunté, al pasar por delante.

– ¿Y dónde la tienen ustedes? -quiso saber Galia.

– En el bulevar.

– Mientes en todo. También mentiste al hablarme del registro civil. ¿Y por qué salimos precisamente hace seis años para el registro civil?

– El destino, Galia, el destino -respondí con una sonrisa en los labios.

– ¿Dónde estaba yo hace seis años? -se interrogó pensativa-. ¡Ah! Estuve en Odessa, en primavera.

– Y yo también.

– Mientes. Tú no fuiste con nosotros.

– Aquí no fui con ustedes, pero allá sí.

– ¡Qué ex-tra-ño! -profirió silabeando y, mirándome ceñuda, agregó-: Sin embargo, no parece que estés enfermo.

"Qué agradable es escuchar tales palabras" quise decirle, pero no pude pues una ráfaga negra golpeó mi rostro.

Todo se oscureció.



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