– ¿Qué te pasa? -oí el grito de Galia asustada. Y, con palabras precipitadas e inquietas, prorrumpió:

– Deténgase en cualquier, lugar, ahí en la acera. Él se siente mal…

…Abrí los ojos. En el automóvil flotaba aún la niebla. A través de ella vi el rostro de una mujer.

– ¿Quién eres? -pregunté con voz ronca.

– ¿Te sientes mal, Seriozha?

– ¡Galia! -exclamé asombrado-. ¿Por qué estás aquí?

Ella no contestó.

– ¿Te ha ocurrido algo en el bulevar? -pregunté mirándola.

– Sí -respondió Galia-. Hablaremos luego de eso. ¿Qué quieres ahora? ¿Un médico? ¿O tienes fuerzas para seguir a tu casa?

Me desperecé, y, agitando la cabeza para despejarla, me enderecé en el asiento.

Mientras recorríamos la ciudad, le contaba a Galia de mi caminata por el bulevar Tverskói, de cómo me dio vueltas la cabeza y de cómo luché mentalmente conmigo mismo en aquella niebla color lila.

– ¿Y después? ¿Qué pasó después? -preguntó Galia interesada.

Yo, indeciso, me encogí de hombros.

– ¿No recuerdas?

– No, no recuerdo.

A decir verdad, no recordaba nada. Sólo después, al llegar a casa, supe, por boca de Galia, lo que había ocurrido en su habitación.

– Fue un delirio -le dije.

Galia, amante de los términos precisos, enmendó:

– Fue un delirio muy consecuente y lógico, como en un papel bien ensayado. Así no se delira. Por lo demás, el delirio es síntoma de alguna enfermedad y tú no parecías estar enfermo.

– ¿Y qué crees que fue el desmayo en el bulevar? -objetó Olga, entrometiéndose en la conversación-. ¿Y en el taxi?

Ella, como era doctora, buscaba una explicación medica; pero Galia seguía dudando:

– Bueno, ¿qué tenía él entre estos dos desmayos?

– Una especie de sonambulismo -respondió Olga.

– ¿Qué? ¿Acaso crees que soy un sonámbulo? -dije ofendido.

– Si esto es un sueño, es demasiado real -preciso Galia burlonamente.



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