– Además el sueño lo vimos nosotras y no él. A propósito de sueños, ¿todavía los ves?

– Pero, ¿qué tienen que ver los sueños con esto? -rezongué-. Yo me desmayé, y no vi ningún sueño.

Sabía muy bien que Galia no trataba de mistificar. En vista de esto, su relato sobre mis aventuras en estado de sonambulismo -así explicaban mi conducta-, me intranquilizó profundamente. Yo no podía encontrar una respuesta lógica a todo lo ocurrido, porque nunca me había desmayado ni paseado por las cornisas de los edificios en noches de luna, y jamás había perdido la memoria.

– ¿Quizás estaba hipnotizado? -dije.

– ¿Y quién te hipnotizó?, -preguntó Olga, ceñuda-. ¿Y dónde? ¿En la redacción? ¿En el bulevar? ¡Es absurdo!

– Sí, es absurdo -acepté confundido.

– ¿Y no escribes tú, por casualidad, aventuras de ciencia ficción? -preguntó Galia inopinadamente-. Lo que dijiste sobre la multiplicidad de los mundos me ha interesado mucho… Sabes, Olga -dijo ella riéndose-. Existen dos mundos contiguos y semejantes, en el espacio. Aquí y allá existe Moscú. Aquí y allá existe Serguéi Grómov. Pero allá, no existes tú; allá él está casado conmigo.

– ¡Ah! Lo esotérico se ha vuelto claro -afirmó Olga riendo. Y, naturalmente, el sonámbulo es el huésped del otro mundo con la fisonomía de Seriozha.

– Él me lo aclaró así: Moscú es como éste, sólo que un poquito diferente. Aquí, la estatua de Pushkin está en la plaza, allá, en el bulevar. Cuando escuché esto, casi me desternillé de risa.

Olga quedó pensativa.

– ¡Ah! ¿Sabes lo que podemos suponer? -dijo animada. Ella trataba de encontrar una explicación lógica, como yo-. Escuchen esto. ¿Sabía Seriozha que la estatua fue trasladada del bulevar a la plaza? Sí, lo sabía. Bueno, entonces, ¿por qué no pensar que este conocimiento grabado en su cerebro determinó el surgimiento del delirio? Vemos aquí la excitación, la señal y, como resultado, el mito sobre los mundos contiguos y semejantes.



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