Estos razonamientos me provocaban sólo indignación.

– Estoy harto de oírlas. Lo presentan todo como si fuera una variante de la novela de Stevenson: doctor Jekyll y mister Hide. Pero, ¿quién es Jekyll, y quién Hide?

– ¿Quién?

– Está claro, quién es quién -prorrumpió Galia-. Tú mismo, por supuesto, no te vas a acusar.

– ¿De quiénes están hablando? -preguntó Olga, sin comprender aún.

– Olga -le respondí-, agentes desconocidos del imperialismo internacional me lanzaron en avión.

– ¡Bah! Estoy hablando en serio.

– Yo también. Hubo un escritor inglés llamado Stevenson y sus libros han sido leídos por todos los jóvenes… hasta por los médicos. Para los galenos, a propósito, este cuento del cual hablo es casi un manual de psiquiatría, pues Jekyll y Hide son en realidad una misma persona. En ella convergen la bondad elevada a la quintaesencia y la maldad rayana en lo absurdo. Gracias a su elixir, el magnánimo Jekyll se transforma en el canalla Hide. ¿Está claro? -pregunté dirigiéndome a Galia.

– Sin lugar a dudas, Seriozha. Regístrate los bolsillos, posiblemente Hide dejó algo al transformarse.

Hurgué en mis bolsillos, y lancé a la mesa un paquete de tabletas para el dolor de cabeza.

– Posiblemente esto. Yo no he comprado troichatka.

– ¿No se la pusiste tú? -le preguntó Galia a Olga.

– No. Seguramente la compró él.

– Yo no he comprado nada -objeté furioso-. Hace mucho que no he visto una farmacia.

– Quiere decir, que esto lo dejó Hide. ¿Y no dejó otras huellas?

Maquinalmente introduje mi mano en el bolsillo del pecho.

– Un momento. La libreta de apuntes no está en su sitio -saqué mi libreta y la abrí-. Aquí hay algo escrito. ¿Dónde estarán mis anteojos?

– Dámela -pidió Galia, tomando de mis manos la libreta y, tras arrancarle una de las hojas, leyó en voz alta:

– "Si me sucede algo, por favor, informe a mi esposa Galina Grómova. Calle Griboédov Nº 43. Informe, además, a los profesores Zargarián y Nikodímov en el Instituto del Cerebro. Muy importante". Hasta señaló que era muy importante -agregó riendo-. Y yo, naturalmente, tengo el apellido Grómova. Ya les dije que el delirio era muy lógico.



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