
– ¿Y en cuanto a la idea? ¿Qué me puedes decir?
– Soy un profano, como sabes, y la escuché de otras personas profanas; pero, en general, es algo así como un láser de neutrinos que abre una ventana en el antimundo.
– ¿Hablas en serio?
– ¡Claro! ¿Qué? ¿Te parece un disparate? Así la calificaron.
– ¿Y Zargarián?
– ¿Qué le sucede?
– ¿No trabaja con Nikodímov?
– ¡Ah! ¿Lo sabes? Te felicito.
– ¿Es también físico?
– No. Neurofisiólogo o algo parecido. Es telépata.
– ¿Qué? ¿Qué? -inquirí gritando.
– Te-lé-pa-ta -repitió Kliónov silabeando la palabra. Existe una ciencia que se llama telepatía.
– ¿Qué estás diciendo? ¿Acaso crees que soy del medioevo? Esa ciencia no existe.
– ¿Que no existe? Estás atrasado, Seriozha. Ya existe tal ciencia, así como los aparatos que sirven para desarrollarla: condensadores de la corriente biológica y otras yerbas. ¿Estás satisfecho?
– Casi -repuse suspirando.
– Si vas al ataque, te apoyaré con mi espíritu y mi cuerpo. Además publicaremos todo lo que les puedas sacar. Te aconsejo que comiences con Zargarián. Es más sencillo y accesible que Nikodímov, y un individuo como pocos…
Le di las gracias por la información y colgué el auricular.
Fue una conversación que no sobrepasaba el nivel de la de Zoia: antimundo, telepatía… Había que llamar a Galia para precisar.
Descolgué el auricular:
– ¿Galia? Soy yo, el sonámbulo. ¿Estás levantada?
– Me levanto a las seis de la mañana -contestó bruscamente-. Seriozha, me interesa un detalle de tu odisea. ¿Por qué le dijiste a Lena que habías abandonado a tu esposa?
– Yo no respondo por los actos de Hide. Mi gran anhelo es aclararlos -afirmé-. Galia, escúchame con atención. ¿En qué consiste la idea del generador de neutrinos y cómo se podría eslabonar esa idea con la condensación de la corriente biológica?
– Ah. ¿Eso es Nikodímov y Zargarián? -preguntó riéndose.
