– Sí. Como ves, he sabido algo.

– Disparates escuchas y disparates riegas, porque Nikodímov hace tiempo que desistió de la idea del generador de neutrinos tal como la formuló Jenlichka. Ahora, trabaja en la fijación del campo energético provocado por la actividad del cerebro… Fijación de algo así como el complejo único de campos electromagnéticos surgidos en las células del cerebro. Ya ves, también he sabido algo.

– ¿Y qué une a Nikodímov con el fisiólogo Zargarián?

– No sé. Trabajan juntos; pero su trabajo es un secreto. Desconozco su esencia y su perspectiva; sin embargo, según pude averiguar este trabajo está relacionado con cierta codificación del estado neurofisiológico.

– ¿Con qué? -pregunté extrañado.

– Más bien, con el cerebro -aclaró Galia-. Con el cerebro, mi querido. La relación que hizo Hide entre estos nombres y el Instituto del Cerebro no fue casual. Aunque… depende del aspecto en que se mire… Quizás éste es un problema perteneciente sólo a la física.

Quedó pensativa. A través del auricular se oía su agitada respiración.

– Ahí está la llave del problema, Seriozha -aseveró-. Mientras más pienso en ello, más me convence. Encuéntralos y encontrarás la explicación.

Colgué el auricular.

La búsqueda científica había concluido, tan sólo quedaba en adelante la búsqueda cotidiana y simple. La empecé con Zoia.

Ella respondió en el acto a la llamada telefónica de Olga. Sí, conocía a Zargarián y a Nikodímov. A Nikodímov lo conocía tan sólo de vista: parece un pájaro de mal agüero, y no frecuenta las recepciones; empero, con Zargarián hasta había tenido amistad tras bailar con él unas cuantas veces. Según ella, a Zargarián le interesan los sueños.

Al escuchar estas últimas palabras, Olga, a mi lado y tapando el auricular con la mano, repitió:

– Le interesan los sueños. ¿Qué tal?

– ¿Qué? -grité arrancándole el auricular de la mano-. ¡Zoia! Soy yo. Sí, sí, el mismo. Zoia, acabas de hablar sobre los sueños. ¿A quién le interesan? Dímelo. Esto es muy importante para mí.



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