
Zargarián, con satisfacción, se echó a reír. Luego, con el acento de un comerciante oriental, apunto:
– ¿Por qué le va a doler, querido amigo? Solo se sentará en un sillón, dormirá unas horitas y mirará sus sueños, como en el cine. -Y agregó en otro tono-: Vámonos Serguéi Nikoláevich! ¡Lo llevaré al instituto!
EL LABORATORIO DE FAUSTO
El instituto estaba al lado de la carretera, en un robledal que parecía un bosque de cuento de hadas en la noche oscura y huérfana de estrellas. Los arbustos que parecían gnomos, los árboles copudos, y los tocones negros tras la cuneta, sobresalientes entre la hierba como fierecillas insólitas, formaban una sombra romántica y algo siniestra. Pero en lugar de la isla de las fábulas, al final de la avenida de asfalto se levantaba una torre cilíndrica de diez pisos, cuyas ventanas parpadeaban como si tras ellas alguien estuviese conectando y desconectando proyectores.
– Es Valerka Mlechin -apuntó Zargarián al atrapar la dirección de mi mirada-. Pero no es en nuestro laboratorio. El nuestro se encuentra del otro lado.
Un ascensor veloz nos condujo hasta el décimo piso y, al salir, el piso movible de un corredor circular nos arrastró hacia delante, lenta y silenciosamente, a la velocidad normal de un elevador.
– Se conecta automáticamente, cuando uno sale al corredor -aclaró Zargarián-, y se desconecta al apretar con los pies estos reguladores mates.
Las losetas blanco mate, sobresalientes e iluminadas por dentro, estaban diseminadas cada dos metros a todo lo largo del corredor, encima de una cinta plástica. Pasamos flotando ante puertas blancas de dos hojas con grandes números indicadores. En la puerta número doscientos veinte, Zargarián presionó el regulador, deteniendo el piso movible. Abrimos la puerta y entramos a una habitación grande muy iluminada.
