
¡Qué importa que estuviera en otro sitio, lo importante era que estaba allí! Hasta se respiraba con más facilidad; a pesar de que detrás de la estatua se divisaba un edificio desconocido, de construcción nueva con unas letras enormes en la fachada: "Rusia". ¿Será un hotel o un cine? Ayer en su sitio había un edificio de apartamentos de dieciséis pisos, con el restaurante "Cosmos" ubicado en el primero. Todo me parecía semejante y a la vez diferente; conocido hasta en sus más ínfimos detalles; sin embargo, justamente estos detalles modificaban el aspecto exterior de este mundo. Por ejemplo, encontré la farmacia en el mismo sitio de antes, a sus vendedoras tras el mostrador vestidas con las mismas batas blancas, la misma fila apiñada frente a la caja, las mismas monturas cursis e incómodas de las gafas en la sección de óptica; empero, cuando le pregunté a la vendedora, si tenía pirabutano para el dolor de cabeza, arrugó la cara con perplejidad e inquirió:
– ¿Qué?
– Pirabutano.
– No sé qué es eso.
– Para el dolor de cabeza.
– ¡Ah! ¿Piramidón?
– No -repliqué confuso-. Pirabutano.
– Eso no existe.
Mi aspecto abatido, un tanto desconcertado, provocó en ella una sonrisa de compasión.
– Tome esta troichatka -me dijo, poniendo en el mostrador un paquetito desconocido-. Cuesta veinticuatro kopeks.
En el bolsillo del pantalón encontré un puñado de monedas plateadas, casi como las nuestras, y pagué.
Sentado en un banco frente a la estatua de Pushkin, registré minuciosamente todos los bolsillos del traje ajeno que, por capricho, me concedió el destino. Lo que contenían hubiera conducido a cualquier detective a un callejón sin salida: exceptuando las monedas, encontré billetes de uno y tres rublos completamente diferentes a los nuestros; un billete arrugado de tranvía; una buena pluma fuente y un bloc de notas con las hojas exfoliadas. No había ningún documento que certificase la identidad de mi doble.