Ya no tenía miedo, solo sentía una viva e intranquila curiosidad. Me esforzaba en no pensar qué tiempo duraría mi irrupción en este mundo y cuál sería su final; aunque podía suponerme lo más terrible. ¿Qué podría hacer en los límites de mi visita a lo desconocido? En los hoteles, naturalmente, no me dejarían entrar sin documentos. Entonces, ¿dónde voy a dormir si la visita a este mundo se prolonga por mucho tiempo? Quizás en mi casa o en las de mis amigos, porque el dueño de este saco tendrá que vivir indefectiblemente en algún lugar, así como sus amigos. Lo más cómico sería que éstos fueran también mis amigos. ¿No estaré soñando? Golpearé este banco con mi mano: me duele. No, no estoy soñando.

Por un instante me pareció que había visto un rostro conocido. Un forzudo de anchas espaldas pasaba parsimoniosamente sin detenerse a mi lado, con una cámara cinematográfica en el hombro. Recordé ese copete, ese pecho masivo y esa nuca férrea. ¿Será posible que éste sea Evstáfiev, el que vive en el apartamento número cinco? Pero ¿por qué lleva una cámara cinematográfica si él nunca ha tenido en sus manos ni una cámara fotográfica?

Salté de mi asiento y corrí tras él.

– Con su perdón… -le dije, mirando los rasgos conocidos-. ¿Es usted Eugenio? ¿Eugenio Evstáfiev?

– Está equivocado.

Pestañeé asombrado: era él, hasta en el timbre de la voz.

– ¿Qué? ¿Nos parecemos? -inquirió, sonriendo maliciosamente.

– Asombrosamente.

– Eso ocurre -encogióse de hombros y continuó su camino, dejándome en un estado de completa confusión.

A pesar de todo, seguía creyendo que todo era una burla del destino, una mistificación. Ahora Eugenio regresará y nos moriremos de risa. Pero no regresó.

Cuando después de unos años recordaba este día, acudían a mi mente el estado de confusión y asombro que experimenté, y la soledad insoportable que sentí en la ciudad donde cada piedra me era conocida, pero que había cambiado en unos segundos de vértigo.



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