Lena estaba vestida con elegancia, como siempre, y caminaba abstraída y ensimismada; empero, me reconoció en el acto, turbándose, según pude notar.

– ¿Tú? ¿De dónde sales?

– Del cielo. Bueno, Lena, ¿cómo están tus asuntos allá?

– ¿Dónde? -inquirió.

– En el hospital, por supuesto. ¿Hace mucho que saliste?

Quedó sorprendida.

– No te comprendo, Serguéi. ¿De qué estás hablando? Llegué hace tres días a Moscú.

A ella la había visto hoy por la mañana donde el médico jefe, cuando llamaba al Instituto del Cerebro. Antes de esto, cuando yo solía ir a la sección terapéutica, nos veíamos todos los días o casi todos los días.

Me callé, tratando de buscarle salida a esta situación tan crítica. El camino a lo desconocido estaba repleto de baches.

– Perdóname, Lena. Estoy completamente distraído. Además… este encuentro tan inesperado me ha…

– ¿Cómo te va? -preguntó con una voz casi metálica.

– Bien -respondí animoso-. Uno está vivo, habla…

Ella, mirándome fijamente, mantenía silencio. Y, al fin, dijo con sequedad:

– ¡Qué conversación más absurda!

Comprendí que si ella se alejaba ahora, desaparecería mi única oportunidad de afianzamiento en este mundo, aún por un día. No creía que esta irrupción se prolongase más tiempo. Había que tomar una decisión. Y la tomé.

– Tengo que hablar contigo, Lena. Es imprescindible. Ha ocurrido algo…

– ¿Qué? -preguntó, reduciendo los ojos como en estado de alerta.

– No puedo hablar de eso en la calle… -dije, buscando las palabras que más se acomodasen a la situación-. ¿Dónde vives?



7 из 130