
Quedó en silencio, quizás sopesando el pro y el contra:
– Por ahora, estoy viviendo en casa de Galia.
– ¿Dónde?
– ¿Acaso no lo sabes?
Yo no sabía nada, pero no le pregunté ni con cuál Galia vivía. Necesitaba que ella aceptara mi proposición. ¡Esta era mi última oportunidad!
– Por favor, Lena…
– Seriozha, no me es cómodo invitarte a casa.
– ¡Dios mío! ¡Qué tontería! -exclamé, pensando en la Lena que conocía.
Esta Lena que me miraba recelosa y desconfiadamente, era otra Lena.
– Bueno, qué se le va a hacer, vamos -dijo, al fin.
EL SEGUNDO PASO A LO DESCONOCIDO
Caminábamos en silencio, conversando de vez en cuando. Ella, por lo visto, estaba intranquila; pero conteniéndose trataba de ocultármelo. Quizás lamentaba su aprobación a mi propuesta. A ratos, sorprendía su mirada dirigida a mí, penetrante y recelosa. ¿Qué la asustaba? ¿Y de qué sospechaba?
Reconocí en el acto la casa hacia la cual nos dirigíamos, ubicada en el callejón Staro Pimenovski. Aquí vivió en cierta ocasión mi esposa, aún antes de conocernos. A propósito, ella se llama también Galia. Mis rodillas empezaron a temblar desagradablemente.
– ¿Por qué miras así? -preguntó ella cuando entramos en la habitación.
Yo continuaba callado, mirando con atención la habitación. Como todo lo de este mundo, era parecida a la otra y, a la vez, diferente. No sé, quizás me olvidé de aquélla.
– ¿De quién es esta habitación, Lena?
– De Galia, pues. ¡Qué preguntas más extrañas haces! ¿Acaso no has estado nunca aquí?
Tragué saliva. "Ahora le haré una pregunta mucho más extraña":
– Pero, ¿ella no se mudó?
Me miró asustada como si yo hubiera pronunciado un monstruoso disparate, y apartóse de mí preguntando:
– ¿Ustedes no se ven?
