
Por debajo de la galería cubierta de hierro forjado que rodea el parque en un gran círculo de más o menos quinientos metros sólo interrumpido por el Drink Hall, paseaban con animación poco acostumbrada muchos balnearistas vestidos de punta en blanco; recuerdo que algunos de los caballeros hasta llevaban polainas pese a lo avanzado de la estación, mientras que las damas, dispuestas para toda eventualidad a la última moda de París, vestían en general de blanco o se habían puesto vestiditos veraniegos estampados (la moda, para satisfacción mía, llevaba algún tiempo imponiendo la altura de las amplias faldas plisadas por encima de las rodillas). Las señoras de cierta edad lucían grandes pamelas de seda y se protegían del sol con parasoles de puntillas, blondas y estampados. Todos deambulaban con parsimonia siguiendo el trazado oval de la galería. Guarecidos bajo su sombra, bajaban con lentitud por el costado de la calle del presidente Wilson intercambiando ceremoniosos saludos y discretos coqueteos con conocidos y desconocidos por igual, llegaban hasta el Vestíbulo de los Manantiales donde acudíamos a beber las aguas (por más que yo espaciara al máximo tan raro placer), giraban a su izquierda y, pasando por detrás del establecimiento de segunda clase, en el que tomaban las aguas los menos ricos, subían de nuevo hacia la izquierda por la calle del Parque hasta el lateral del Gran Casino.
