
Luego daban media vuelta y desandaban el camino, sin dejar de mirar con curiosidad mal disimulada hacia la entrada del hotel du Pare, frente al que se arremolinaban policías, soldados, porteros, botones y, sobre todo, viajeros. Rodeados de infinidad de maletas y baúles, los recién llegados acababan de desembarcar de sus grandes automóviles Delahaye, Renault, Citroen, Vivaquatre e Hispano-Suiza a bordo de los que, partiendo de Burdeos, Clermont-Ferrand o el mismísimo París, habían hecho largos e incómodos viajes. De todos modos, me parece que en la falta de confort del recorrido habían intervenido menos la rigidez de los asientos o el estado de las carreteras que la angustia de un futuro cuya incógnita pretendían despejar con la mayor brevedad los políticos, militares, altos funcionarios, financieros y empresarios que, obligados por la necesidad de encontrarse cerca del poder y de los poderosos, acudían a esta pequeña ciudad con la pretensión de residir en ella el tiempo mínimo indispensable para satisfacer sus angustiados deseos.
Centenares de curiosos, inmóviles al otro lado de la calle, protegidos del sol bajo la galería, no perdían detalle de la confusión reinante. Se decía que aquella tarde llegaría el mariscal Pétain y todos querían presenciar el espectáculo. Otros muchos se habían acercado al puente de Bellerive, que era por donde tenía que llegar cualquier comitiva desde Clermont-Ferrand, y esperaban impacientes, escudriñando el interior de los autos que lo cruzaban para reconocer a cada personaje.
Acaso yo fuera el único habitué de la primera hora, el único perro viejo que, de pie en la escalinata de la explanada del casino, apoyado en el pomo de marfil de mi bastón, me atrevía a contemplar aquel barullo con el suficiente desapego, hasta diría que con el estúpido gesto socarrón que siempre me había causado tantos disgustos.