
El de Mme. Letellier no fue el único caso, por supuesto. El director del hotel du Pare tuvo que emplear sus mejores energías y dotes diplomáticas, claro que con menos fortuna desde el punto de vista de las comodidades que acabaría obteniendo para ellos, en convencer a una multitud de sus clientes tradicionales para que cedieran de buen grado (aunque de mal grado habría dado igual) sus apartamentos a esta invasión de políticos, a este cortejo de pavos reales que tomaban Vichy como si se tratara de una plaza de mercado. «¡Esta ciudad termal la construyeron los romanos, por todos los santos! La dignificó madame de Sévigné, le dio gloria imperial Napoleón III… ¿Cómo puede comprender eso un pequeño judío como monsieur Blum, que lo único que sabe hacer es propalar la revolución bolchevique?», exclamaban indignados algunos de los asiduos más fieles del Pare, a los que oíamos despotricar sin que sus prejuicios parecieran afectados por el curso de los acontecimientos. Pobre León Blum, que no tenía nada que ver. Incluso una señora entrada en años y carnes tuvo que ser atendida con sales en pleno vestíbulo.
En fin, el 30 de junio de 1940 no iba a ser recordado como un domingo cualquiera. Aquel día Vichy perdió su calma veraniega, la precisa rutina de los clientes del balneario y el desfile de su elegancia cuando frecuentaban el casino o el hipódromo o los celebérrimos restaurantes de la ciudad.
