Y por si hubiera faltado un detalle circense, cuando el tren aún no había salido de París, sobre el baúl dentro del que me encontraba mal respirando apenas por un par de boquetes practicados al efecto, apoyaban sus codos dos soldados de la Wehrmacht que, demasiado perezosos o confiados (¿qué les podía pasar en el París conquistado?, ¿quién habría sido capaz de eludir la búsqueda del ejército más poderoso del mundo?), esperaban en silencio a que alguno de los fugados, Marie, Philippa o yo, cometiera un error estúpido o tosiera o estornudara y desvelara su presencia. Sin embargo, en aquellos momentos de ansiedad, lo único que se me ocurrió fue pensar en el enfado de Sacha Guitry cuando viera que uno de sus preciados baúles de la casa Louis Vuitton había sido agujereado por algún vándalo.

Allí estaba yo, en efecto. Escondido entre la ropa muelle de un pomposo autor teatral era, como siempre, el que se las componía para salir mejor parado de un lance de estos. Ellos no podían imaginarlo porque debían suponer que de algún modo habíamos conseguido salir de la ciudad sin saber que en París quedaba Marie, sola, a merced del ejército alemán, sin lugar donde refugiarse, ni siquiera en el piso de sus padres, huidos al sur unos días antes, o en el mío de la plaza de Alma, ocupado ahora por un oficial nazi.

¿Qué habría sido de los demás?, pensaba yo a ratos. ¿Debían ser dados por muertos o tal vez simplemente desaparecidos porque no podían moverse de donde estaban escondidos? ¿Cuál de mis amigos estaba siendo torturado hasta confesar lo que quisieran sus verdugos? ¿Los habrían cazado como a conejos los gendarmes franceses, sus propios compatriotas, los primeros traidores a la patria?

Debería decir que ésta es la historia de todos ellos, de todos nosotros hasta que uno por uno fuimos desapareciendo disueltos en el olvido, pero mentiría.



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