
Hasta pocas semanas antes Vichy había sido la capital de los balnearios de Europa. Políticos, elegantes de una decena de nacionalidades diversas, demi-mondains, cortesanas, parásitos, hombres de negocios más o menos turbios, turistas y simples curiosos poblaban sus calles y ocupaban de forma regular, año tras año, sus más de trescientos hoteles. Pero la nueva guerra se había encargado de acabar de un plumazo con el espíritu de’vacaciones y despreocupada diversión. Y mientras el turismo internacional se disponía a buscar otros lugares de solaz, el destino tenía reservado a Vichy momentos de distracción bastante más lúgubres.
Ah, sí, se había terminado la molicie.
El 30 de junio de 1940 el nuevo gobierno de Francia llegó para instalarse en Vichy.
Incluso una estúpida a la que yo apreciaba sinceramente como Mme. Letellier, la más fiel de las dientas del hotel du Pare, en el que pasaba cada año un mes de vacaciones estivales más los veintiún días prescritos por su médico para tomar las aguas -las de Chomel, por dios, que son calmantes y curan las migrañas-, tuvo que acabar silenciando resignada sus quejas ante la dirección del establecimiento: el apartamento que, con puntualidad religiosa, ocupaba durante siete semanas al año junto con su dama de compañía y las dos doncellas de casa, había sido requisado por las autoridades para que pudiera instalarse en él el despacho de monsieur Fierre Laval, el nuevo hornbre todopoderoso del gobierno del armisticio. «Llevamos un año o casi, ¿no?, con esta guerra idiota contra monsieur Hitler», había empezado a decir madame, «y, por lo que parece, no sólo no conseguimos terminarla sino que tenemos que venir a estorbar a pacíficos e indefensos, indefensos ¿eh?, ciudadanos que no molestamos a nadie. Drôle de guerre, vaya guerra tonta. Ah, bah.»
Claro que cuando madame pronunciaba estas airadas palabras no era consciente de cuánto habían cambiado las circunstancias ni de la gravedad extrema del momento ni del sacrificio que no había más remedio que exigir de todos los franceses de bien sin excepción.
