«Me ponen de patitas en la calle como si fuéramos una cualquiera, querida», había confiado con tono agrio a su dama de compañía, pero en voz lo bastante alta como para que se enteraran de su protesta cuantos estaban en el vestíbulo. Me lo relató poco después el conserje con un punto de humor en la mirada y luego me lo reiteró con indignación la propia interesada mientras al día siguiente tomábamos una taza de té en el café-glacier de Quatre Chemins.

Por fortuna, ese mismo día en que llegaban tan malas noticias a Vichy, el director del hotel du Pare encontró para ella un pequeño apartamento con baño independiente (y con habitación de servicio en la buhardilla) en el segundo piso de un edificio de principios de siglo, justo enfrente del hotel, pero al otro lado del gran parterre de plátanos y castaños del parque de los Manantiales, en la misma esquina de la calle Montaret con la del Presidente Wilson. «Una localización ideal, madame, muy conveniente para tomar las aguas en el establecimiento termal, que está prácticamente a la misma distancia que desde el hotel, a un paso, como sabe usted bien, de Quatre Chemins y del Edén, del café-glacier, las tiendas y los salones de té. Una fortuna haber encontrado un apartamento con sala de baño. Ah, madame, un sitio ideal.» De todos modos, el arreglo sería por poco tiempo; el director confiaba en que para el otoño o, a más tardar, para el réveillon de fin de año, la situación en Europa se habría normalizado, la guerra sería sólo un mal recuerdo y las aguas habrían vuelto a su cauce o, en este caso, añadió con una pequeña sonrisa que festejaba su propia ocurrencia, pasado el peligro, seguirían manando con abundancia sin que nadie las estorbara. Con toda seguridad, en junio del próximo año, cuando le llegara el momento de regresar a Vichy para tomar sus vacaciones y los baños prescritos por su médico, Mme.



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