
Y ahora aquel magnetismo estético capaz de alertar su libido no podía haber fallado. Bajo el resplandor del sol la mujer relumbró como una visión de otro mundo: el pelo es rojo, encendido, rizado y suave; las piernas son dos columnas corintias, rematadas en los atributos de las caderas y apenas cubiertas por un
blue-jean cortado y deshilachado; la cara enrojecida por el calor, medio oculta por las gafas oscuras de cristales redondos, bajo las que exhibía una boca pulposa de gozadora vital y convencida. Boca para cualquier antojo, fantasía o necesidad imaginable. ¡Pero qué buena está, coño!, se dijo. Es como si naciera de la reverberación del sol, caliente y hecha a la medida de unos deseos ancestrales. Hacía tiempo que el Conde no sufría erecciones callejeras, los años lo habían vuelto lento y demasiado cerebral, pero de pronto sintió que en su estómago, justo debajo de las capas proteicas del cocido madrileño, algo se desordenaba y las ondas provocadas por el movimiento se remitían hasta la solidez imprevista que empezó a formársele entre las piernas. Ella estaba recostada contra el guardafangos trasero de un carro y, al fijarse otra vez en sus muslos de corredora sin fondo, el Conde descubrió la razón de su baño de sol en la calle desierta: una goma desinflada y un gato hidráulico recostado al conten de la acera explicaron la desesperación que él vio en su rostro cuando ella se quitó los espejuelos y con una elegancia alarmante se limpió el sudor de la cara. No puedo pensarlo, se exigió el Conde, adelantándose a su pereza y a su timidez, y al llegar junto a la mujer le soltó, con toda su valentía:
– ¿Te ayudo?