El agradecimiento de Karina era alegre, total y hasta tangible cuando le propuso que si la acompañaba a echar gasolina lo llevaría hasta su casa, mira cómo te has sudado, tienes grasa hasta en la cara, qué pena, le había dicho, y el Conde sintió que su corazoncito se le agitaba con las palabras de aquella mujer inesperada, que sabía reírse y hablaba muy lentamente, con una dulzura magnética.

Al final de la tarde, después de hacer la cola para la gasolina, de saber que había sido la mamá de Karina la que había atado la hoja de guano bendito en el espejo retrovisor del carro, de hablar algo de automóviles ponchados, del calor y de los vientos de Cuaresma, y de tomar café en la casa del Conde, acordaron que ella lo llamaría en cuanto regresara de Matanzas: le devolveríaFranny y Zooey, es lo mejor que escribió Salinger, le había comentado el Conde, sin lograr contener su entusiasmo, cuando le entregó aquel libro que nunca había prestado desde que pudo robárselo de la biblioteca de la universidad. Bueno, así se veían y conversaban otro rato más. ¿Está bien?

El Conde no había dejado de mirarla un segundo y, aunque reconoció con honestidad que la muchacha no era tan hermosa como había pensado (quizás, en verdad, tenía la boca demasiado grande, la caída de sus ojos parecía triste y estaba algo escasa en el departamento del nalgatorio, reconoció críticamente), quedó impresionado con su alegría decidida y con su capacidad inesperada de levantar, en plena calle, después de almuerzo y bajo un sol asesino, el extremo sin alas ni piernas de su virilidad.

Entonces Karina aceptó una segunda taza de café y llegó la revelación que terminaría de enloquecer al Conde.

– Mi padre fue el que me envició con el café -dijo ella y lo miró-. Tomaba café todo el día, cualquier cantidad.

– ¿Y qué más aprendiste de él?

Ella sonrió y movió la cabeza, como espantando ideas y recuerdos.



7 из 197