
Dije que sí al cigarrillo y que no a la bebida. Cuando alguien está tan dispuesto a separarse de doscientos marcos como el doctor Schemm, vale la pena estar alerta.
– ¿Sería tan amable de darme fuego, por favor? -dijo Schemm, poniéndose un cigarrillo entre los labios-. Las cerillas son lo único con lo que no puedo arreglármelas solo. Perdí el brazo en Ludendorff en la toma de la fortalezade Lieja. ¿Ha estado en el servicio activo?
La voz era remilgada, casi untuosa: baja y lenta, con un matiz de crueldad. El tipo de voz, pensé, que puede hacer que te incrimines a ti mismo fácilmente, y dando las gracias. El tipo de voz que le habría sido útil a su dueño si hubiera trabajado para la Gestapo. Encendí los dos cigarrillos y me recosté en el enorme asiento del Mercedes.
– Sí, estuve en Turquía.
Joder, de repente había tanta gente interesada en mi historial bélico que me pregunté si no tendría que solicitar la insignia de antiguo combatiente. Miré por la ventanilla y vi que nos dirigíamos hacia el Grunevald, una zona boscosa que se extiende al oeste de la ciudad, cerca del río Havel.
– ¿Con rango de oficial?
– Sargento.
Noté cómo sonreía.
– Yo era comandante -dijo, poniéndome claramente en mi lugar-. ¿Y se hizo policía después de la guerra?
– No, no enseguida. Fui funcionario durante un tiempo, pero no podía aguantar la rutina. No me incorporé a la policía hasta 1922.
– ¿Y cuándo la dejó?
– Escuche, Herr Doktor, no recuerdo que me hiciera prestar juramento cuando subí al coche.
– Lo siento -dijo-, sólo tenía curiosidad por saber si se fue por voluntad propia o…
– ¿O me empujaron? Tiene mucha cara para preguntarme esto, Schemm.
– ¿Usted cree? -dijo inocentemente.
– Pero responderé a su pregunta. Me fui. Me atrevo a decir que si hubiera esperado lo suficiente me hubieran echado como a todos los demás. No soy nacionalsocialista, pero tampoco soy un mierda de Kozi. Me gustan los bolcheviques tan poco como al partido, o por lo menos tan poco como creo que le gustan al partido. Pero eso no es del todo suficiente para la moderna Kripo o Sipo o como se llame ahora. En su libro si no estás con ellos, estás contra ellos.
