– Así pues, usted, un Kriminalinspektor, abandonó la Kripo -hizo una pausa y luego añadió, con un tono de falsa sorpresa- para trabajar como detective del hotel Adlon.

– Es usted muy listo -dije con sorna-, haciéndome todas esas preguntas cuando ya sabe las respuestas.

– A mi cliente le gusta saber cómo es la gente que trabaja para él -dijo con un aire petulante.

– Todavía no he aceptado el caso. Puede que lo rechace sólo para ver qué cara pone.

– Quizá. Pero sería estúpido. En Berlín hay una docena como usted… investigadores privados.

Dijo el nombre de mi profesión con algo más que desprecio.

– Entonces, ¿por qué me ha escogido a mí?

– Ya ha trabajado para mi cliente, de forma indirecta. Hace un par de años llevó a cabo una investigación para la Germania Life Assurance Company, de la cual mi cliente es el mayor accionista. Cuando los de la Kripo seguían dando palos de ciego, usted recuperó con éxito unos bonos robados.

– Lo recuerdo -dije.

Y tenía buenas razones para hacerlo. Fue uno de mis primeros casos después de dejar el Adlon y establecerme como investigador privado.

– Tuve suerte -añadí.

– No hay que subestimar nunca a la suerte -dijo Schemm pomposamente.

«Seguro -pensé-, mira si no al Führer.»

Para entonces estábamos al borde del bosque Grunevald, en Daglem, lugar donde vivían algunas de las personas más ricas e influyentes del país, por ejemplo los Ribbentrop. Nos detuvimos ante una enorme verja de hierro forjado limitada por dos sólidos muros y Caralozana tuvo que saltar del coche y abrirla después de forcejear con ella. Ulrich entró con el coche.



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