Es verdad que muchos de mis clientes son judíos. Trabajar para ellos es muy rentable (pagan a tocateja), y siempre se trata de lo mismo: personas desaparecidas. Los resultados son también casi siempre los mismos: un cuerpo arrojado al canal Landwehr por cortesía de la Gestapo o de las SA; un suicidio solitario en una barca en el Wansee, o un nombre en una lista policial de condenados enviados a un KZ, un campo de concentración. Así que aquel abogado, aquel abogado alemán, me cayó mal desde el principio.

– Mire, Herr Doktor -dije-, como le decía aquí, a su muchacho, estoy cansado y he bebido lo suficiente para olvidar que al director de mi banco le preocupa mi bienestar.

Schemm metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y yo ni siquiera me moví, lo que demuestra lo zumbado que estaba. Por suerte, sólo sacó su cartera.

– Me he informado sobre usted y me han dicho que ofrece un servicio solvente. Le necesito durante un par de horas, por las cuales le pagaré doscientos Reichsmarks, lo que, en la práctica, equivale al dinero de una semana. -Se puso la cartera sobre la rodilla y sacó dos papeles azules, que dejó sobre la pernera del pantalón, algo que no debió de resultarle fácil, teniendo en cuenta que sólo tenía un brazo-. Y después Ulrich lo devolverá a casa en el coche.

Cogí los billetes.

– Diablos -dije-, total, sólo me iba a la cama a dormir. Eso lo puedo hacer en cualquier momento. -Bajé la cabeza y me metí en el coche-. En marcha, Ulrich.

La puerta se cerró de golpe y Ulrich se sentó en el asiento del conductor, con Caralozana a su lado. Nos dirigimos hacia el oeste.

– ¿Adónde vamos? -pregunté.

– Todo a su tiempo, Herr Gunther -dijo-. Sírvase algo de beber o un cigarrillo. -Abrió un mueble bar que parecía rescatado del Titanic y sacó una pitillera-. Son americanos.



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