
– Sigue adelante -ordenó Schemm-. No esperes. Ya vamos con retraso.
Recorrimos una avenida bordeada de árboles durante unos cinco minutos antes de llegar a un amplio patio de gravilla alrededor del cual se desplegaban, cubriendo tres de sus lados, un largo edificio central y las dos alas que comprendían la casa. Ulrich se detuvo al lado de una pequeña fuente y bajó para abrirnos las puertas. Salimos.
Alrededor del patio había una galería cubierta por un tejado soportado por gruesas vigas y columnas de madera, y por ella patrullaba un hombre con un par de dóberman de aspecto fiero. No había mucha luz, excepto la procedente del farol de la puerta delantera, pero por lo que pude ver, la casa era blanca, con muros rugosos y un profundo tejado abuhardillado, tan grande como un hotel de buen tamaño, del tipo que yo no podía permitirme. En algún lugar entre los árboles, detrás de la casa, un pavo real chillaba pidiendo ayuda.
Cuando estuve más cerca de la puerta, pude mirar bien por primera vez al abogado. Supongo que era bastante apuesto. Dado que por lo menos tenía cincuenta años, creo que podría decirse que tenía un aspecto distinguido. Era más alto de lo que me había parecido cuando estaba sentado en el coche, e iba vestido con sumo cuidado, pero con una total indiferencia por la moda. Llevaba un cuello duro con el que podría cortarse una barra de pan, traje de raya diplomática de un tono gris claro, chaleco y polainas de color crema; su única mano iba enfundada en un guante de cabritilla gris y en la cabeza, cuadrada y con el pelo gris, cortado a cepillo, llevaba un sombrero gris grande, con un ala rodeando la copa, con sus pliegues bien marcados, como el foso de un castillo. Parecía una armadura antigua.
Me condujo hacia la gran puerta de caoba, que se abrió para mostrar a un mayordomo, con la cara pálida, que se apartó cuando cruzamos el umbral para dejarnos entrar en el amplio vestíbulo.
