
El mayordomo, un árabe, se inclinó con solemnidad y me pidió el sombrero.
– Prefiero conservarlo, si no le importa -dije, acariciando el ala con el dedo-. Me ayudará a mantener las manos alejadas de la plata.
– Como desee, señor.
Schemm le dio su propio sombrero como si hubiera nacido en un palacio. Quizá fuera así, pero cuando se trata de abogados siempre doy por hecho que llegaron a tener su riqueza y posición gracias a la avaricia y por medios nefandos; nunca he conocido a uno del que me pudiera fiar. El guante se lo quitó con una contorsión de los dedos, casi de doble articulación, y lo dejó caer dentro del sombrero. Luego se enderezó la corbata y le pidió al mayordomo que nos anunciara.
Esperamos en la biblioteca. No era grande si se comparaba con el Bismarck o el Hindenburg, y no cabrían más seis coches entre el escritorio, del tamaño del Reichstag, y la puerta. Estaba decorada al estilo Lohengrin primitivo, con grandes vigas, chimenea de granito, en la cual crepitaba suavemente un tronco, y panoplias en las paredes. Había abundantes libros, del tipo de los que se compran a metros, muchos poetas, filósofos y juristas alemanes con los cuales estoy algo familiarizado, pero sólo como nombres de calles, cafés y bares.
Me fui de excursión por la sala.
– Si no he vuelto dentro de cinco minutos, envíen una expedición de rescate.
Schemm suspiró y se sentó en uno de los dos sofás de piel situados en ángulo recto cerca del fuego. Cogió una revista y fingió leer.
