
Chen comprendía las reservas de su ayudante. Normalmente su brigada no tenía que ocuparse de un caso hasta que el departamento lo declaraba «especial», por razones políticas señaladas o no señaladas. En otras palabras, «especial» era la etiqueta que se ponía cuando el departamento tenía que adaptar su enfoque para satisfacer necesidades políticas.
– Bien, se ha hablado de montar una nueva brigada… una brigada de la Tríada, pero este podría clasificarse como caso especial. Y no estamos seguros todavía de que sea un asesinato de la Tríada.
– Pero si lo es, será una patata caliente. Una patata que nos quemará las manos.
– Tiene razón -dijo Chen, consciente de a dónde quería ir a parar Yu. No demasiados policías podían tener interés por un caso relacionado con esas bandas.
– Esta mañana no he dejado de tener un tic en el párpado izquierdo. No es un buen presagio, jefe.
– Vamos, inspector Yu -el inspector jefe Chen no era un hombre supersticioso, a diferencia de algunos de sus colegas que consultarían el I Ching antes de aceptar un caso. Sin embargo, si la superstición no entraba en juego, realmente había una razón que le empujaba a hacerse cargo del caso. En aquel parque su suerte había dado un vuelco para mejorar.
– En la escuela primaria aprendí que Chiang Kai-shek subió al poder con ayuda de las bandas de Shanghai. Varios ministros de su gobierno eran miembros de la Tríada Azul -Yu se interrumpió, y prosiguió-. Después de 1949, los gánsteres fueron eliminados, pero reaparecieron en los años ochenta.
– Sí, lo sé -le sorprendió la inusual elocuencia de su ayudante. En general Yu hablaba sin citar libros ni historia.
– Esos gánsteres pueden ser mucho más poderosos de lo que imaginamos. Tienen ramificaciones en Hong Kong, Taiwan, Canadá, Estados Unidos y en todas las partes del mundo. Por no mencionar su conexión con algunos altos funcionarios de aquí.
