
Pero aún quedaba su parque. A pesar de la gran carga de trabajo que tenía, se las ingeniaba para ir allí una o dos veces a la semana. Estaba situado cerca de la oficina, a quince minutos a pie.
No muy lejos, un hombre de edad madura practicaba tai chi, efectuando una serie de posturas: agarrar la cola de un pájaro, extender las alas de una grulla blanca, separar la crin de un caballo salvaje a ambos lados… El inspector jefe Chen se preguntaba qué habría podido ser de él si hubiera insistido en practicar. Quizá ahora sería como aquel practicante de tai chi, vestido con un traje de artes marciales de seda blanca, con las mangas anchas, botones de seda roja y una expresión serena en el rostro. Chen le conocía. Era contable en una compañía dirigida por el Estado que se hallaba casi en la bancarrota; sin embargo en aquel momento era un maestro que se movía en armonía con el qi del universo.
Chen tomó asiento en el lugar de costumbre, un banco pintado de verde bajo un alto chopo. En el respaldo del banco, en pequeños caracteres, estaba tallado un eslogan que había sido popular durante la Revolución Cultural: Viva la dictadura del proletariado. Habían vuelto a pintar el banco un par de veces, pero el mensaje se transparentaba.
Sacó una recopilación de cantos ci de su cartera y lo abrió en un poema de Niu Xiji. «Desaparece la bruma / entre las montañas primaverales, / las estrellas, pocas, pequeñas / en el pálido firmamento, / la luna que desciende ilumina su rostro, / el amanecer en sus relucientes lágrimas / en la despedida…». Era demasiado sentimental para la mañana. Se saltó varias líneas para llegar al último par de versos: «Pensando en tu verde falda, en todas partes, / en todas partes piso la hierba con suavidad».
