
Otra coincidencia, reflexionó, dando unos golpecitos con los dedos en el respaldo del banco. No mucho tiempo atrás, en un café del muelle del Bund, había leído este par de versos a un amigo, que ahora pisaba la verde hierba muy lejos de allí. Sin embargo, el inspector jefe Chen no había ido al parque para entregarse a la nostalgia.
La resolución satisfactoria de un importante caso político, en el que estaba involucrado Boshen, el teniente de alcalde de Beijing, había tenido repercusiones inesperadas en su trabajo profesional y en su vida personal. Aún estaba emocional y físicamente agotado. En una carta reciente a su novia Ling había escrito: «Como dice nuestro antiguo sabio, "en este mundo nuestro, ocho o nueve veces de cada diez las cosas van mal". Las personas no son más que productos casuales de la buena o mala suerte a pesar de sus esfuerzos intencionados». Ella no había respondido, cosa que no le sorprendió. Su relación era tensa debido a aquel caso.
Detrás de él apareció una figura con chaqueta gris estilo Mao y se dirigió a él con voz seria y suave:
– Camarada inspector jefe Chen.
Reconoció a Zhang Hongwei, un veterano agente de seguridad del parque. En los años setenta, Zhang llevaba el brazal de Mao en la chaqueta y patrullaba con energía como si le hubieran colocado muelles de acero en los pies, echando miradas desconfiadas al libro de texto inglés que Chen tenía en la mano. Ahora era un cincuentón, calvo y con arrugas, y caminaba arrastrando los pies, con la misma chaqueta gris estilo Mao pero sin el brazal.
– Por favor, venga conmigo, camarada inspector jefe Chen.
