
– ¿Puede demostrarlo?
– Por supuesto que no, pero sé lo que he visto.
– ¿Y por qué cree que su marido podría querer secuestrarla?
– No lo sé, supongo que necesita dinero.
– Pero ustedes ya tienen mucho dinero.
– Christopher no tiene tanto como puede parecer. Y siempre está falto de dinero en efectivo. Ésa es la única razón que explica el exagerado rescate que pidió.
– Veinte millones es mucho dinero.
– Por favor, soy consciente de cómo suena lo que le estoy diciendo. Sé que no tiene ningún motivo para confiar en mí, pero las cosas no siempre son lo que parecen. Christopher vive al límite. Le gusta jugar y pierde mucho dinero. Es amante de los muebles caros y de las obras de arte. Créame, necesita más dinero del que tiene.
– No es nada personal, señora Hilliard, pero no la creo.
– Y tampoco le gusto -dijo Madison-. Y lo acepto. Pero eso no le da derecho a arriesgar mi vida.
– No creo que su vida corra ningún riesgo. ¿Por qué iba a contratar su marido a dos empresas diferentes si de verdad quisiera que la mataran?
– Porque para él valgo mucho más estando viva. Además, es posible que no haya contratado a otra compañía. Podría estar mintiendo.
– Sí, y también usted. Su padre y su marido me contrataron para que la rescatara y eso es lo que he hecho. Además, uno de mis mejores hombres está a punto de morir. No pienso involucrarme en los juegos que se traiga usted con su marido.
Y sin más, se volvió y se dirigió hacia la puerta.
Madison corrió hacia él.
– No estamos casados, ¿eso no se lo ha dicho? Llevamos seis meses divorciados.
Tanner la miró fijamente. ¿Divorciados? Miró su mano izquierda. No llevaba alianza ni tampoco tenía ninguna marca que indicara que la hubiera llevado recientemente. Pero ni Hilliard ni su padre le habían dicho nada del divorcio. De hecho, Hilliard había dejado muy claro que quería tener cuanto antes a su esposa a su lado.
