Tanner soltó una maldición. ¿Habían puesto un vigilante extra aquella noche? Se apartó de la puerta, giró y presionó su cuerpo contra la pared en sombras. Vio aparecer a alguien blandiendo una pistola.

– Natalie, ¿estás bien? Tenemos problemas. A. J. ha desaparecido.

– ¿Qué?

Cuando las cosas se ponían mal, solían hacerlo a toda velocidad. La guardiana de Madison, alias Natalie, se levantó tambaleante de su asiento. Tanner la oyó en el instante en el que estaba disparando a su compañero. Desgraciadamente, Natalie intentó abrir la puerta y descubrió que estaba abierta. Tanner la oyó amartillar la pistola. Esperó a que saliera, deseando que fuera lo suficientemente estúpida como para no cumplir órdenes. Y efectivamente, la puerta se abrió. Tanner le disparó en el brazo antes de que hubiera llegado al vestíbulo. De modo que Madison estaba sola.

Tanner apartó a Natalie de su camino y se metió en la habitación. Esperaba no tener que buscar a aquella princesa millonaria. Y también esperaba que no se pusiera a gritar. Odiaba a las mujeres que gritaban… Pero Madison no se había escondido. Continuaba en la terraza, observándolo acercarse.

– Soy uno de los buenos -le dijo-. Vamos.

La melena rubia le cubría la mayor parte de la cara, pero Tanner habría jurado que la había visto sonreír. Fríamente, no con alivio.

– Tenía la esperanza de que a mi rescatador se le ocurriera una frase mejor. Algo así como: «Ven conmigo si quieres seguir viva».

Tanner no pudo evitar una sonrisa.

– Sí, yo también soy un admirador de Terminator, pero preferiría que habláramos de ello en el helicóptero. A no ser que prefiera quedarse aquí.

Madison no contestó. Se limitó a caminar hacia él.

– Póngase unos zapatos -le ordenó Tanner-. Los que sean. No vamos a ir a un desfile de modas.

Madison se puso unos mocasines y corrió hacia la puerta. Tanner la siguió. Una vez en el vestíbulo, la agarró de la mano y corrió con ella escaleras abajo.



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