– Todo despejado -le indicó Ángel quedamente por el auricular-. El helicóptero estará aquí en treinta segundos.

Corrieron hacia la parte de atrás de la casa. Tanner se quitó las gafas de visión nocturna y continuaron avanzando. El sonido del motor del helicóptero comenzó a oírse en la distancia mientras Madison y él esperaban en el final del jardín.

– ¿Cómo me han encontrado? -preguntó Madison.

– En eso consiste mi trabajo.

– Ah, un hombre fuerte y callado. Supongo que eso debe de haberle impresionado a mi padre.

Tanner la miró entonces por primera vez. La miró de verdad. Madison Hilliard ya no era la imagen de una fotografía, sino una mujer de carne y hueso. La melena rubia flotaba alrededor de su rostro mientras el helicóptero descendía. Madison intentó sujetársela y una de las luces del helicóptero iluminó completamente su rostro.

No podía decirse que lo hubiera impactado, pocas cosas lo hacían ya, pero a Tanner sí le sorprendió la cicatriz que marcaba su mejilla izquierda. Madison lo descubrió mirándola fijamente, pero no pestañeó ni desvió la mirada.

El helicóptero aterrizó. Antes de que hubieran podido montarse, se oyó un grito en el interior de la casa. Tanner soltó un juramento y se volvió en aquella dirección.

– Dos guardias. Hijos de perra. Han adelantado el cambio de turno. Acaban de llegar. Kelly agáchate. A tu izquierda. A tu…

El sonido de un disparo interrumpió las palabras de Ángel. El volumen y la procedencia de los disparos le indicaron a Tanner que no se trataba de sus hombres. No era una buena señal, pensó sombrío. Todos los hombres de su equipo le indicaron sus posiciones. Todos excepto Kelly.

– Adelante -le dijo a Madison, y la empujó hacia el helicóptero.

Madison obedeció.

Tanner odiaba tener que subir con ella, pero sus hombres estaban bien preparados. Se abrirían en abanico y recuperarían a los miembros del equipo que habían sido heridos.



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