
Madison Hilliard paseaba a lo largo y lo ancho de una habitación diminuta. No tenía la menor idea de cuánto tiempo llevaba allí retenida. No había ventanas y no tenía reloj. Suponía que un par de horas. Quizá más.
La habitación era sobria, casi monástica: una cama, un lavabo y una toalla. Ni armario ni mesa. Nada que leer, nada que mirar, nada que hacer. Imaginaba que debería haber dormido, puesto que apenas había conseguido hacerlo desde que la habían secuestrado. Pero la ansiedad la mantenía activa.
El miedo la dominaba. Durante los últimos doce días, se había acostumbrado a aquella fría garra que se aferraba a su estómago. Intentaba decirse que alguien, en alguna parte, la echaría de menos. Que alguien preguntaría por ella, que sus amigas notarían que había desaparecido. ¿Pero no habría pensado ya Christopher en ello?
La única puerta de la habitación estaba cerrada. Así que estaba atrapada hasta que su rescatador decidiera reunirla de nuevo con su familia. ¿Y después?
¿Cuánto tiempo la mantendría Christopher viva? ¿Semanas? ¿Meses? No conocía sus planes, de modo que no estaba segura de que la necesitara. Y aquella necesidad era su única esperanza.
Oyó un débil ruido procedente del pasillo. Madison se volvió y se preparó para lo inevitable. Para ver a los hombres que querían matarla. Pero en cambio, la puerta se abrió y vio a su rescatador frente a ella.
Era un hombre alto, moreno y de complexión atlética. La autoridad y la confianza lo rodeaban como un aura casi visible. Iba vestido de negro y llevaba una pistola a la cintura. ¿Pretendería utilizarla con ella?
– Siento haberla hecho esperar -le dijo, aunque lo que parecía era enfadado.
– No se preocupe. ¿Cómo está su amigo?
