Faltaba una sensación, la del peso. Alzó su brazo derecho, que quedó flotando en el aire a la espera de la orden siguiente.

— Hola, señor Lorenson — dijo una voz autoritaria y alegre a la vez —. Por fin se digna reunirse con nosotros. ¿Cómo se siente?

Loren abrió los ojos y trató de fijarlos en la silueta borrosa que flotaba junto a su cama.

— Hola… doctora. Me siento bien, gracias. Y tengo hambre.

— Buena señal. Puede vestirse. Por ahora evite los movimientos bruscos. Más tarde podrá decidir si se dejará la barba o no.

Loren llevó su mano ingrávida hacia su mentón; comprobó con sorpresa cuánto había crecido su barba. Al igual que la mayoría de los hombres, había rechazado la opción de la depilación permanente (tema al que los psicólogos habían dedicado ríos de tinta). Tal vez sería conveniente hacerlo. Qué divertido, pensó, que la mente se concentrara en semejantes trivialidades en un momento como éste.

— ¿Llegamos bien?

— Por supuesto. Si no, no estaría despierto. Los planes se han cumplido al pie de la letra. La nave empezó a despertarnos hace un mes, nos encontramos en órbita alrededor de Thalassa. Los equipos de mantenimiento acaban de verificar los sistemas; ahora le toca a usted. Le aguarda una sorpresa.

— Agradable, espero.

— Eso esperamos todos. El capitán Bey presentará un informe dentro de dos horas en el salón de reuniones. Puede seguir las discusiones desde aquí, si lo prefiere.

— Iré a la asamblea, quiero conocer a los demás. Pero antes quisiera desayunar. Después de tanto tiempo…

El capitán Sirdar Bey parecía cansado pero feliz al dar la bienvenida a los quince hombres y mujeres que acababan de despertar y al presentarlos a los treinta integrantes de las tripulaciones A y B. De acuerdo al Reglamento de a Bordo la tripulación C debía estar durmiendo, pero algunas siluetas furtivas trataban de pasar inadvertidas en el fondo del salón.



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