— Encantado de verlos — les dijo a los recién llegados —. Es bueno ver caras nuevas. Y también es bueno ver un planeta, saber que nuestra nave ha cumplido los dos primeros siglos del plan sin problemas dignos de mención. Llegamos a Thalassa en el momento previsto.

Todos se volvieron hacia el tablero que cubría una de las paredes. Una buena parte estaba cubierta de datos numéricos e indicadores de la nave, pero el sector más grande parecía una ventana abierta al espacio. Era una imagen hermosa, sobrecogedora, de un globo azul pálido iluminado desde casi todos los ángulos. Nadie podía dejar de observar la desgarradora similitud con la Tierra, vista desde un avión sobre el Pacífico: agua hasta donde alcanzaba la vista, con algunos islotes de tierra firme.

También en este planeta había tierra firme: un archipiélago pequeño de tres islitas parcialmente oculto bajo una bruma. Loren pensó en Hawai, donde nunca había estado y que ya no existía. Pero había una diferencia fundamental entre los dos planetas. El otro hemisferio de la Tierra estaba cubierto por una gran masa continental; el otro hemisferio de Thalassa era puro océano.

— Ahí lo tienen — dijo el capitán con orgullo —, tal como lo previeron quienes planificaron esta misión. Pero surgió un detalle: imprevisto, que con toda seguridad afectará nuestras operaciones…

«Recordarán ustedes que Thalassa fue inseminada por un módulo Mark 3A de cincuenta mil unidades que partió de Tierra en 2751 y llegó en 3109. Ciento sesenta años después se recibieron las primeras trasmisiones, que indicaban que todo estaba bien. Las trasmisiones prosiguieron durante dos siglos, con breves interrupciones, hasta cesar bruscamente tras un breve informe de una gran erupción volcánica. Eso fue lo último que se supo. Se pensó que la colonia de Thalassa había sido destruida o, en el mejor de los casos, reducidas a la barbarie, como había sucedido con otras.



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