Shea suspiró. La verdad era que no tenía ni la energía ni las ganas de discutir con David.

– Yo sé que relativamente soy un recién llegado. Sólo llevo aquí un año o así continuó David-, pero he elegido esto porque era una ciudad pequeña, bonita y tranquila sin ninguna de las llamadas «brillantes atracciones».

– Bueno, Byron Bay es desde luego así.

Shea contempló el puñado de casas modestas por las calles que pasaban. A ella le encantaba aquel sitio, con su estilo de vida relajado que normalmente se asociaba con las comunidades australianas playeras.

– He visto a Niall en bicicleta cerca de la playa esta tarde.

– Montar en bicicleta es una de sus pasiones en este momento -replicó Shea pensativa mientras recordaba las revelaciones de su hijo acerca de la casa grande-. ¿Cómo va el negocio inmobiliario ahora?

– No me puedo quejar. Vendí la casa de Martin al hijo de Jack Percy. Va a casarse a finales de año y piensa renovarla a tiempo para la boda.

– Eso está bien -inspiró antes de lanzarse-. Niall me ha dicho que ha visto a unos obreros trabajando en la casa grande blanca. ¿Se ha vendido?

– No que yo sepa. Y estoy seguro de que me habría enterado. Pero también podría ser que le venta se hubiera efectuado en privado hace unos meses, para poder ocupar legalmente la casa ahora.

Las sospechas verificadas le produjeron a Shea una sensación de ahogo en la boca del estómago. Ella sabía que, si hubiera habido una venta, David se habría enterado y se lo habría mencionado. Una venta de aquella magnitud hubiera corrido por toda la ciudad. Lo que significaba sólo una cosa.

– Es propiedad de un americano, ¿verdad? -irrumpió David en sus pensamientos.

– Sí. De Joe Rosten.

– Rosten, eso es. Es el director de una empresa de inversiones, ¿verdad?

– Algo así -replicó con cuidado Shea-. Una cadena de servicios de consultorías financieras. También tiene otros muchos negocios. Minas, inmobiliarias…



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