– Alguien me contó una vez que hasta tenía una empresa cinematográfica. ¿Es cierto?

– Sí, una pequeña. Pero creo que es más por afición.

O un grandioso regalo para su adorada hija única, pensó Shea para sí misma cuando una pena adormecida empezó a despertar dentro de ella. Apartó con firmeza aquellos pensamientos cargados de dolor a lo más profundo de su memoria. No podía, ni debía, permitirse recordarlo todo. Ahora no.

– Una afición, ¡vaya! -David giró al área de aparcamiento detrás del edificio de la reunión-. ¿Cuántos años tiene ese tipo? ¿Tiene familia? ¿Y cómo es que nunca viene aquí?

– La verdad es que tiene una hija -empezó Shea con cautela.

¿Qué pensaría David si le contara toda la historia?

– Una hija afortunada. ¿Y dónde puedo conocerla?

David se rió mientras salía del coche y se apresuraba a abrir la puerta del pasajero para ella. Eso le ahorró a Shea tener que dar una respuesta.

La sala que usaba la Asociación para el Progreso era vieja y destartalada y dejaba mucho que desear. Sin embargo, una gran multitud se aventuraba a asistir a las reuniones. Por muy aburridas que fueran, siempre aparecía un buen número de ciudadanos concienciados, reflexionó Shea mientras tomaba asiento con David en los bancos delanteros.

Rob, el moderador, tocó la campanilla y la reunión comenzó. No pasó mucho tiempo hasta que la discusión decayó y Shea se distrajo.

Por supuesto, tenía los pensamientos puestos en las revelaciones de Niall acerca de la gran casa blanca. Joe Rosten, el propietario y amigo del padre de Alex debía de tener ahora cerca de los setenta años y probablemente se habría retirado. ¿Habría decidido regresar a Byron Bay? Esa idea le trajo otras consideraciones alarmantes. Quizá su única hija lo acompañara.

Y su yerno.

– Bueno, yo no pienso involucrarme en ninguna manifestación de protesta.

La voz grave de David sacó a Shea de sus ensoñaciones, sintiéndose un poco culpable por no haber prestado ninguna atención.



11 из 131