– Estoy segura de que no será para tanto -empezó ella sin tener ni idea del tema por el que David mostraba tanto desagrado.

– Quizá sea un poco prematuro -sugirió una voz profunda desde el final de la sala.

Un hombre alto de pelo fino estaba avanzando hacia delante.

Llevaba unos vaqueros ajustados y una camisa lisa con las mangas enrolladas.

La dura luz fluorescente iluminó el reloj de oro de su muñeca izquierda, en cuya mano llevaba, en el dedo anular, un anillo de casado.

Todo aquello lo captó Shea de forma inconsciente. Su cuerpo abotargado no parecía poder reaccionar. Si hubiera estado sola y hubiera sido capaz de responder al sonido de aquella voz, a la vista de aquella cara familiar y desconocida a la vez, sabía que se habría desmayado.

Entonces, la audiencia pareció desvanecerse y sus ojos se encontraron, los de color café con los asombrados verdes marinos. Y el corazón de Shea empezó a acelerarse.

Capítulo 2

¡CÓMO HUBIERA deseado Shea poder estar sentada, en silencio, sola y recuperar algún amago de compostura apartada del público que atestaba la sala de reuniones! En aquellos interminables segundos sintió que toda su vida pasaba por delante de ella, con todos los placeres y dolores, con todos los logros, con todos los que ella consideraba fallos.

Ella era una niña pequeña en Brisbane, criándose en el calor y la seguridad del cuidado y amor de su madre. Era una huérfana de doce años viajando en dirección sur hacia Byron Bay para empezar una nueva vida con Norah Finlay, una madrina a la que apenas conocía. Era empujada al círculo desconocido de Norah y su hijo, Jamie. Y el sobrino de Norah, Alex.

Recordó de forma vívida el momento en que había conocido a Alex Finlay. Estaba grabado en su mente con una claridad que ensombrecía su llegada a la pintoresca costa de Byron Bay y a su encuentro con Norah y Jamie. Y aparentemente, sus recuerdos de aquel primer encuentro con él eran capaces de alterarla todavía.



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