
Ella llevaba viviendo una semana con Norah y con su hijo de quince años, Jamie, cuando el sobrino de Norah había vuelto de una excursión escolar a Canberra, la capital de la nación. Sin embargo, en aquella semana de ausencia de Alex Finlay, su reputación le había precedido.
Era evidente que Norah lo adoraba y que, si todo lo que decía Jamie era verdad, el primo de dieciséis años debía de ser una especie de dios. Alex era, académicamente, el genio del colegio. Y también destacaba en los deportes. Alex era, bueno, Alex lo era todo para todo el mundo.
Vivía, según le contaron a Shea, con su padre viudo en una casita de campo en la misma calle de Norah. El padre de Alex y el difunto padre de Jamie eran hermanos y Alex era para él más un hermano que un primo.
Y Shea había pensado, en aquellos días anteriores al encuentro de Alex, que era una clara indicación del carácter de Jamie el que no hubiera demostrado ninguna envidia hacia su perfecto primo.
Alex fue a visitarlos en cuanto llegó de Canberra. Jamie había dicho que Alex no parecía llevarse muy bien con su padre. Y más adelante, Shea descubriría que Donald Finlay era un hombre autoritario y frío, el tipo de persona que no fomentaba que nadie se le acercara, incluido su propio hijo.
Shea se encontraba en su habitación preparando con nerviosismo sus libros de texto para el primer día de escuela cuando oyó el sonido de voces de bienvenida desde el salón. Un momento más tarde, oyó una llamada en su puerta y asomó Jamie con cara sonriente para decirle que Alex estaba ya en casa y que debía ir a saludarle.
Y ella fue. Con desgana. No sólo era bastante tímida siempre que conocía a alguien nuevo, sino que no sentía mucha inclinación a conocer a alguien tan reverenciado por su nueva familia. ¿Y si Alex Finlay, universalmente reconocido como tan perfecto, resultaba ser un arrogante insoportable? Ella suponía que simplemente tendría que aparentar que le caía bien, por el bien de Norah y de Jamie.
