Entró en el salón detrás de Jamie. Allí estaba.

Llevaba el pelo fino muy largo, en una melena ondulante con las puntas decoloradas por el sol. Y sus ojos eran oscuros, enmarcados por unas pestañas aún más oscuras. Más tarde, descubriría que sus ojos eran castaños claros y que se volvían del color del chocolate oscuro si se apasionaba por algo. O por alguien.

Otras temerosas sensaciones la habían asaltado. De repente, se había sentido turbada. Era consciente de que ella era tan alta como Jamie, que tenía tres años más. Sus piernas parecían demasiado largas, su cuerpo demasiado delgado, su pelo indescriptible. Y sintió una necesidad imperiosa de ser mayor de lo que era.

Alex se levantó de la silla en cuanto entró Shea, y ella sintió de repente las piernas tan flácidas como la goma. Tenía los hombros tensos bajo la camiseta y sus vaqueros acentuaban sus estrechas caderas y largas piernas.

– Shea, este es mi primo, Alex Finlay -le presentó Jamie con evidente placer-. Alex, nuestra nueva hermana, Shea Stanley.

– La madre de Shea y yo éramos amigas íntimas desde el colegio -explicó Norah-. Incluso aunque hemos vivido en estados diferentes, siempre nos mantuvimos en contacto.

Mientras Shea deslizaba los ojos sobre él, absorbiendo cada rasgo, él hacía lo propio. Cuando sus ojos se encontraron, se clavaron en el del otro y transmitieron un mensaje explosivo.

Ese fue el momento en que se había enamorado de él. Así de simple. Se habían mirado el uno al otro y la tierra había parecido girar a un ritmo vertiginoso.

Ella podía recordar una multitud de incidentes a través de los años, pero aquel primer momento electrizante seguiría vivo en su memoria hasta el día en que muriera. Hubiera deseado correr hacia él y correr para alejarse de él, todo a la vez.



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