– No.

– La casa grande blanca sólo se ha alquilado en dos ocasiones y por poco tiempo. Y Joe Rosten no ha vuelto por aquí en diez años. ¿Para qué volver ahora? Es más probable que la haya vendido.

– Sí, probablemente.

– Y no creo que Alex volviera aquí -Norah miró a su preocupada nuera-. Si volviera, ya habría llamado para visitarnos. Yo soy su tía. Y ahora que su padre se ha vuelto a casar y a vivir en Estados Unidos, ya no tiene lazos aquí en Byron.

– Sigue teniendo la casita de campo -comentó Shea distraída.

– Todavía tiene inquilinos -reflexionó Norah frunciendo el ceño-. No habrá mencionado nada David de que la haya puesto en venta, ¿verdad? Quiero decir, que como trabaja en la agencia inmobiliaria más grande de la ciudad, seguramente sabría si esa casita a pocos metros de la nuestra está en venta.

Shea sacudió la cabeza.

– No. Y no me ha dicho nada acerca de que la casa grande cambie de propietario tampoco -posó la bandeja y miró a su suegra-. Lo que es un poco extraño, ¿no crees?

Norah se encogió de hombros.

– Quizá no. Quizá los nuevos propietarios no quieran publicidad. Y ya sabes que es por eso por lo que muchos famosos viven en esta zona. Aquí no hay chismorreos.

– Sí, podría ser. Quizá una estrella de la canción o alguien así haya comprado la casa blanca.

Se relajó un poco sintiendo un rayo de esperanza.

– ¿Quién sabe? -Norah soltó una breve carcajada-. Cosas más raras han sucedido por aquí, tendrás que admitirlo.

– Desde luego. Bien, creo que iré a darme una ducha rápida y después bajaré a ayudarte con la cena.

Dos horas después, Norah llamó desde el recibidor.

– Es David, Shea.

Niall masculló entre dientes.

– ¿Has dicho algo?

Shea se detuvo y suspiró con teatralidad.

– ¿Es ese David Aston otra vez? -preguntó Niall girando el lapicero.



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