Cuando iba hacia la puerta, Arthur reparó en un perrito blanco y negro que estaba tumbado debajo de la mesa.

– Es Pablo -dijo la señora Morrison-. Al verle así parece que esté muerto, pero se conforma con dormir: es su actividad favorita. Aunque ya es hora de que lo despierte para sacarlo a pasear.

– ¿Quiere que lo haga yo?

– Vaya a acostarse: en su estado, me temo que los encontraría a los dos mañana por la mañana roncando al pie de un árbol.

Arthur la saludó y regresó a su casa. Le habría gustado hacer un poco más de limpieza, pero el cansancio pudo más que su impulso.

Tumbado en la cama y con la cabeza apoyada en las manos, miraba a través de la puerta entreabierta del dormitorio. Las cajas apiladas en el salón le reavivaron el recuerdo de una noche, de otros tiempos, cuando vivía en el último piso de una casa victoriana, no lejos de allí.


Pasaban de las dos de la madrugada y la enfermera jefe estaba buscando a Lauren. El vestíbulo de Urgencias por fin se había vaciado. Aprovechando el momento de calma, Betty decidió ir a abastecer los botiquines de las salas de exploración. Avanzó por el pasillo y descorrió la cortina de la última cabina. Acurrucada encima de la cama, Lauren dormía el sueño de los justos. Betty volvió a correr el velo y se alejó, sacudiendo la cabeza.


Capítulo 2

Arthur se despertó al mediodía. La caricia de un sol cenital entraba por la ventana del salón. Se preparó un desayuno ligero y llamó al móvil de Paul.

– Hola, Baloo -dijo su amigo al descolgar-, veo que has aprovechado al máximo.

Paul le propuso salir a comer, pero Arthur tenía otros fines en mente.

– Resumiendo -dijo Paul-, que puedo elegir entre dejarte ir a Carmel andando o llevarte en coche.



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