– ¡No! Me gustaría pasar por el garaje de tu padrastro, recuperar el Ford, y que fuéramos los dos juntos.

– No se ha puesto en marcha desde la noche de los tiempos ¿quieres pasarte el fin de semana en la autopista esperando una grúa?

Pero Arthur le señaló que aquella ranchera había conocido sueños más prolongados y, además, conociendo la pasión del padrastro de Paul por los coches antiguos, seguro que lo había mimado.

– Mi viejo Ford de los años sesenta tiene mejor salud que tu cabriolé prehistórico.

Paul consultó la hora; dentro de unos minutos llamaría al garaje, Arthur sólo tendría que reunirse allí con él.

A las tres, los dos amigos se encontraron ante la puerta del establecimiento. Paul hizo girar la llave en la cerradura y entró en el taller. En medio de los vehículos de policía en reparación, Arthur creyó reconocer una vieja ambulancia durmiendo bajo una lona. Se aproximó y levantó un extremo de la tela. La calandra tenía cierto aire nostálgico. Arthur rodeó el furgón, vaciló y acabó abriendo la puerta trasera. En el interior de la cabina, bajo una espesa capa de polvo, una camilla le reavivó tantos recuerdos que Paul tuvo que alzar el tono de voz para arrancar a Arthur de su ensueño.

– Olvídate de la calabaza y ven aquí, Cenicienta: hay que mover tres coches para sacar tu Ford. ¡Ya que vamos a Carmel, no nos perdamos la puesta de sol!

Arthur volvió a dejar la lona en su sitio, acarició el capó y murmuró: -Hasta la vista, Daisy.

Cuatro intentos con el pedal del acelerador, apenas tres carraspeos y el motor del Ford se puso a ronronear. Después de unas cuantas maniobras, y de otras tantas invectivas de Paul, la ranchera abandonó el garaje, y se dirigió al norte de la ciudad para coger la carretera N.° 1, que bordea el Pacífico.

– ¿Sigues pensando en ella? -preguntó Paul.

Por toda respuesta, Arthur bajó la ventanilla; un viento tibio entró en el automóvil.

Paul dio unos golpecitos en el retrovisor, como si fuese a probar un micro.



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